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Pues pasó lo que tenía que pasar. A espaldas del Dr. Risco, decidieron
florecer víctimas de su enfebrecida juventud.

Cuando el
Dr. se dió cuenta, la cosa ya había ido demasiado lejos y se avecinaba una
floración tremenda. José Pedro de Mendoza y María del Rosario Cortés
tenían el aspecto de dos jóvenes cactus enamorados, sin más.
No eran
conscientes del drama que se avecinaba.
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