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A esto me refiero:

José Pedro de Mendoza
tumbado, exhausto, en el suelo y María del Rosario Cortés llorando presa de un
ataque de nervios.

Después de una noche
agotadora, llena de amor, el pobre José Pedro de Mendoza había perdido sus
fuerzas y cedido su tallo principal hacia un futuro incierto.

En el jardín, el resto
de cactus guardaban un silencio total, testigos mudos de tamaña desgracia. Solo
se oían los gimoteos de María del Rosario Cortés.
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