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Cargamos
los equipajes en la furgoneta de David y nos pusimos en marcha.
El Dr. Risco iba delante con David y fuimos, poco a
poco, entablando conversación, al principio de forma tímida.
Descubrimos,
camino de Tucson, que había más policía en la carretera que coches de civiles.
Policía estatal, federal, del condado, sheriff, gubernamental, de aduanas, de
inmigración, municipal, de carreteras, y etc., etc. Informamos vía satélite
a
Su Majestad de que nuestra misión había comenzado, con alguna dificultad, pero que
la moral era alta entre la expedición.
El Dr. Risco puso rápidamente al día a David sobre el contenido de nuestra
misión. El Jefe se comprometió a hacer todo lo posible para que fuera un éxito.

LLegada a Picacho
Peek para la comunión cactusera.
Comunicamos al Jefe
que, siguiendo una ancestral tradición cactusera española, deberíamos abrazar a
un saguaro en señal de fraternidad del Viejo mundo con el Nuevo mundo. En los
alrededores de Tucson, David se desvió hacia un pequeño parque, Picacho Peek,
(Pico Picacho, sí, muy original), situado muy cerca de la carretera que
seguíamos, con una gran curiosidad por ver ese ritual que nos confesó no haber
tenido nunca ocasión de presenciarlo, aunque algo había oído comentar sobre el
tema a algún anciano indio del lugar.

El Dr. Risco
"comulga" con el Saguaro.
No
podíamos perder mucho tiempo, y nada más llegar al parque, El Jefe solicitó
permiso a los guardias para poder saltar dentro de un pequeño jardín, situado
frente a la recepción, donde había algún saguaro. Fue toda una impresión muy
emotiva acercarnos a nuestro primer encuentro con un Saguaro. Era “pequeñito”,
de unos 8 m de altura, pero a nosotros nos pareció impresionante.

Uno "pequeñito" de
8 metros.
Los guardias habían
salido de su caseta y, junto con algunos turistas despistados, se acercaron a
presenciar nuestro ritual de confraternización. David, con la cámara en mano se
partía de risa y nos gritaba: “¡A ver ese abrazo, conquistadores, ándele!”.

El Dr. Risco nos
aseguró que este ritual era afrodisíaco.
Así que, con sangre
fría, siguiendo el ejemplo de nuestro Capitán, nos acercamos a la base del
saguaro y le dimos un fuerte abrazo. Por extraño que parezca, a medida que las
púas iban penetrando nuestra piel, nuestro gesto fue como una comunión emocional
cactusera con las plantas de desierto y, francamente, una experiencia muy
emotiva que no olvidaremos nunca. Los espectadores se quedaron alucinados y
recibimos aplausos calurosos. El Jefe se mondaba de risa por el suelo.

El Dr. Josetxu, en
éxtasis, no se da cuenta y se pincha los huevos en un acto que le honra.
Bueno, solo un
pequeño problemita con el Dr. Josetxu que al despegarse descubrió que su
comunión con el saguaro había llegado más lejos que con ninguno de nosotros.
Tardamos un cuarto de hora en quitarle las espinas y tuvimos que darle varias
Budweiser para que se recuperara. Nos despedimos de nuestros amigos forestales
y partimos sin más dilación hacia Bisbee, para instalarnos en nuestro hotel.
Todavía 3 horas de viaje.
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