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Continuamos
nuestro viaje hacia Bisbee, atravesando polvorientas carreteras de desierto y
admirando los cactuseros paisajes que se presentaban a nuestros ávidos ojos.
Ya íbamos cogiendo confianza con David. Nos preguntó si queríamos beber
agua mineral o algún refresco y nuestro Capitán le sugirió amablemente si sería
posible y más adecuado unas cervezas para mitigar el dolor de huevos del Dr.
Josetxu. El Jefe le respondió que su sugerencia era sabia y acertada.
 
Paramos en una gasolinera y, ¡oh
sorpresa!, había varias enormes neveras llenitas de cerveza de todos los
tamaños. Las dependientas eran muy simpáticas y pronto nos convencieron de
que lo más acertado era que compráramos una caja de cerveza Budweiser. El Dr.
Oms les facilitó el número de teléfono secreto de la Expedición por si algún día
necesitaban nuestra ayuda. Cosa rara, no fue reprendido en esta ocasión por
nuestro Capitán a pesar de su grave indiscreción.

Así que cargamos una caja de 12
botellas enormes de cerveza fría. Ya en ruta, El Jefe nos enseñó a beber
cerveza al volante como es uso y costumbre en Estados Unidos. Primero
había que saber diferenciar que coches de policía eran un peligro para los
conductores y actuar en consecuencia (por ejemplo, la policía de fronteras no
era ningún problema ya que ellos también bebían al volante). La cerveza se
la
colocaba uno en los huevos; antes de pegar un sorbo se oteaba la carretera para
asegurarse que no había polis malos a la vista. Entonces, en un hábil
movimiento, se agarraba la cerveza y se pegaba un trago largo para,
inmediatamente, volvértela a colocar entre los huevos.
La verdad es que no resultaba
nada cómodo, pero qué podíamos hacer... Era necesario adoptar las costumbres de
los indígenas sin levantar sospechas. Por lo menos el frío fue un alivio para
los maltratados huevos del Dr. Josetxu y todas las cervezas cayeron antes de
llegar a nuestro alojamiento.

Llegada
a San José lodge, nuestro motel.
Logramos atravesar la ciudad de
Tombstone, ciudad maldita por los pistoleros, prostitutas y casas de juego
ilegal, sin tener que disparar ni un solo tiro. Por fin, al anochecer, llegamos
a Bisbee y nos dirigimos a nuestro motel. ¿Dónde estaba situado nuestro
hostal? Bueno, digamos que en el condado de Bisbee, pegado a una carretera y en
mitad del desierto.
Dejamos las maletas, tomamos posesión
de las habitaciones y ¡sorpresa!, El Jefe había depositado en cada apartamento
de los exploradores un equipo de revituallamiento de emergencia compuesto por
cortezas picantes, medio Kg de chile en polvo y una botella de tequila... y es
que David estaba en todo.

Nos dirigimos rápidamente a cenar a
la taberna del hotel y El Jefe nos presentó a una camarera, Gloria, mexicana,
muy simpática, que nos adoptó inmediatamente como a sus hijos, en un gesto
maternal inconmensurable, y nos dio de cenar un montón de cosas buenas: Tomamos
frijoles con enchiladas, tacos con chile, carne con chile, y muchos platos con
chile. Tuvimos que liquidar en emergencia un barril de cerveza, pero
resucitamos del cansancio del viaje en un santiamén.
El
Jefe tenía prisa, pero nos acompañó a los postres con algún tequila. Conocimos
al dueño de un Club de Golf de las cercanías (sí, un club de golf en mitad del
desierto) que nos invitó a sendas rondas de hospitalidad, y felices, llenos de
enchiladas y tequilas, nos retiramos por fin a nuestros aposentos para tomar una
ducha y dormir como troncos.
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