|

Entrada
Acabado
nuestro primer encuentro con el jardín del Jefe, éste nos llevó a
comer a un restaurante mexicano para que probáramos la cocina del
lugar. Se trataba de una taberna mexicana
con una decoración un pelín alucinante. Allí tomamos taquitos,
tortitas, carne, todo ello acompañado con
enchiladas de varios tipos. Las cervezas
Budweiser iban y venían mientras nuestros cuerpos y estómagos se
adaptaban a tan picante situación.

El
patio del restaurante
Como
parecía que las salsas estaban suaves, David pidió Tabasco al
camarero y nos hizo una demostración memorable.
Las botellas
de tabasco eran por allí de un tamaño de medio litro. El Jefe,
con dos cojones, enganchó el tabasco y debió de
ponerse alrededor de media botella sobre su guiso de carne.
Nosotros
le observábamos expectantes. Su cara se
fue encendiendo y
tornando al rojo semáforo y, en minutos, gruesos goterones de sudor
perlaban su frente. Las gotas de sudor caían desde su frente
al plato pero El Jefe decía que todo iba bien.
Así que también nosotros le añadimos un poco de tabasco
a nuestros chiles de por sí ya picantes.
Y
como tenía que ser, al cabo de unos
momentos, todos lucíamos un cutis modelo cangrejo y los sudores nos
atosigaban. Una sudada memorable y la boca anestesiada pero,
después de una caja de cervezas, logramos
llegar a los postres. Y entonces apareció Tony,
pintoresco personaje y dueño del restaurante, con apariencia
rompedora de esquemas conocidos sobre la imagen de los
restauradores.

Una
por sevillanas. También había una cabeza de toro disecada.
Tony vestía con
prendas multicolor. Una camisa ajustadita y muy escotada que hacía
conjunto con unos pantalones muy atrevidos que resaltaban sus
apetitosas y sexis curvas, acabado por unas botas llamativas y unas
gafas de sol chillonas.
Se
sentó con nosotros a tomar café y se llevó una enorme sorpresa
cuando se enteró de que éramos españoles. Era muy simpático y
dicharachero. Al poco tiempo nos estaba contando los sucedidos del
lugar como si nos conociera de toda la vida.
Parece ser que era
la primera vez que veía españoles por la zona. Nuestra forma de
hablar le parecía muy atractiva y no paraba de hacernos preguntas
indiscretas, sobre todo al Dr. Josetxu, llenas de doble sentido.
Realmente era el primer nativo con quien teníamos contacto así que
le seguimos el rollo.
Visto el buen ambiente, nuestro Capitán
ordenó al Dr. Oms que nos obsequiara a todos con sendos puros
habanos que nos fumamos con gigantescas tazas de café y unos
bourbons
para disolver las grasas. Tony
era una partida de risa y miraba con ojos muy tiernos al Dr. Josetxu,
a quien regaló una pequeña Cylindropuntia de su jardín para que
fuera plantada con sus propias manos en el jardín del Jefe.

Barra
del restaurante. En primer plano todo tabasco y picantes.
Muy
halagados por la excelente hospitalidad que nos brindaron en el
restaurante, nos fuimos a dar una vuelta por las calles de Bisbee.
Nada más salir del restaurante, a 40 grados y medio cocidos,
meditamos sobre la conveniencia de realizar comidas más ligeras en
el futuro y la tripulación medita sobre la famosa frase de nuestro
insigne Capitán y Dr. Risco: “La vida del cactusero es muy dura...
pero merece la pena”. |